Con la conquista por parte de España de este territorio que hoy llamamos Honduras, vinieron muchos cambios, y entre tanto estaba el arte.

La escultura y la pintura sacra eran los referentes del arte en tiempos de la colonia, tenemos a las iglesias como museos de esa riqueza.

Muchas de esas obras que hoy se contemplan en estos recintos religiosos fueron realizadas por artistas entre los siglos XVI y XVII, desconocidos, pues permanecían en el anonimato, y no es sino hasta el siglo XVIII que comenzaron a firmar sus obras.

Pero, ¿qué sucedió entonces con el arte tras la independencia de Centroamérica?, ¿continuó la estética colonial?, ¿cuándo se vislumbró una propuesta diferente?

Para conocer cómo la independencia marcó o no el desarrollo del arte, consultamos al crítico de arte Carlos Lanza, quien nos da un esbozo para comprender el recorrido artístico en la Honduras posindependencia.

¿Cómo ha sido registrado desde el arte el proceso de independencia tras 1821?

En el período posterior a la independencia fue difícil articular un discurso artístico de carácter nacional porque no se habían consolidado las bases del Estado hondureño, este apenas empieza a cimentarse en la Primera Asamblea Nacional Constituyente de 1829.

En ese momento histórico, los pintores criollos seguían los patrones de la estética colonial centrada fundamentalmente en el arte religioso, destacándose la figura de José Miguel Gómez.

También prevaleció el retrato orientado a destacar a los representantes de la institucionalidad colonial. El hecho de que después de la independencia aún persistiera el orden colonial, impidió el surgimiento temprano de un arte que instituyera una mirada de lo nacional.

Aparte de ello, nosotros no tuvimos una gesta independentista como sí la tuvo México y los países de Sudamérica, situación que permitió en esos países desarrollar un arte pictórico y escultórico que exaltara el patriotismo y la gesta de sus héroes.

Nuestra independencia fue programada y controlada, en esas condiciones era casi imposible que surgiera un arte con el sello de una nueva identidad.

Pero, aunque haya sido difícil articular un discurso artístico de carácter nacional, hubo en el arte figuras relevantes…

Claro, deseo mencionar aquí el surgimiento de un extraordinario dibujante como fue Sotero Lazo, quien nació el 22 de abril de 1822.

Este artista es clave porque al dedicarse a registrar el paisaje hondureño acompañando los viajes de William Wells, empezó a escenificar una identidad con el territorio, elemento esencial en la conformación de una visión del Estado-nación.

Además Sotero Lazo hizo importantes retratos de los protagonistas del pensamiento liberal posindependentista, esto ya marca una diferencia con aquellos artistas que persistían en hacer un retrato que alentaba el fervor por las autoridades coloniales.

Otro artista importante es un nicaragüense que se radicó en Honduras, me refiero a Toribio Xeres, quien pinta no solo personajes involucrados en la independencia de Honduras, sino a los personajes de la nueva sociedad.

Xeres es uno de los artistas que se dispuso a pintar el nuevo orden social e institucional que comenzó su largo peregrinar después de la independencia de 1821.

¿En algún momento entre el siglo XIX y XX surgieron voces críticas desde la pintura sobre la independencia y lo que conllevó posteriormente?

En el período inmediatamente después de la independencia nuestra pintura no fue crítica, el discurso político lo fue más, aunque en términos generales, no fue enjundioso como en otras partes de América.

Nuestro arte poco a poco, tímidamente, fue codificando la realidad de un nuevo orden, fue casi un proceso natural, no crítico.

Es durante la Reforma Liberal que el gobierno de Soto y Rosa funda una primera academia de arte dirigida por el rumano Thomas Mur. Leticia de Oyuela dice que es curioso que de esta academia fundada bajo principios estrictamente liberales, solo hayan egresado dos dignos artistas, se refiere a Quintín Jirón y Antonio Obando.

Jirón volvió a la tradición del arte religioso y Antonio Obando, más acucioso, logró convertirse en el primer dibujante publicitario del nuevo Estado y, por su práctica, su gráfica empalmó con la cultura comercial del régimen liberal de Soto.

La postura crítica a este proceso de independencia se dará con notoria claridad en los años cincuenta del siglo XX con la pintura de Álvaro Canales, recordemos que en ese momento las ideas de cambio social inspiradas por el programa socialista en todo el mundo habían influenciado a los luchadores sociales de aquel momento.

Más tarde, este planteamiento crítico lo pudimos ver en los pintores de los años 60, 70 y con efervescencia en los años 80, en ese proceso podemos mencionar la obra de Ezequiel Padilla, Aníbal Cruz, Virgilio Guardiola, Víctor López, Mario Mejía, Delmer Mejía, Dagoberto Posadas y Ramiro Rodríguez, entre otros.

Con ellos surge la pintura crítica en Honduras; pintura que no solo va a cuestionar nuestra pérdida de soberanía, sino todo la política social de los gobiernos que han servido al imperialismo norteamericano como nuevo factor de colonialismo.

Es desde esa pintura que se empieza a hablar de la necesidad de una segunda independencia.

De este giro que vive el arte desde mediados del siglo pasado, ¿qué obras podemos ubicar en el contexto que plantea?

Pienso en artistas que han intentado forjar una nueva identidad, y mencionaré a Ezequiel Padilla, que baja a Morazán del caballo y lo pone a conversar con una vendedora de verduras en el Parque Central de Tegucigalpa, es una obra que desmitifica la idea de héroe y la sustituye por la idea de hombre.

Regina Aguilar descabeza a José Cecilio del Valle y lo desnuda, de esta manera se deshace de esa aura mística y lo expone desnudo ante la nueva realidad que el país vive.

Además, al descabezar al sabio, nos sugiere que si nuestro gran pensador viviera, ya lo hubiesen descabezado en manos de una oligarquía bruta e insensible que no piensa, que solo sigue órdenes.

Mario Zamora, Miguel Ángel Ruiz Matute, Mario Castillo, entre otros, han trabajado una obra conmemorativa, muy cívica si se quiere, pero obedecen a un civismo oficial que no confronta críticamente pasado y presente.

En los 80 se generó una relectura de la independencia desde la literatura y la pintura, la técnica del grabado fue capital en este ejercicio, y dentro de ellos destaca Delmer Mejía y en el dibujo Luis H. Padilla y Dagoberto Posadas. La revista “Tragaluz” dirigida por Helen Umaña es testigo de esa gráfica libertadora.

¿Qué estilo es el que ha predominado en esa propuesta plástica?

A nivel de la escultura y la pintura conmemorativa ha prevalecido un tratamiento neoclásico, casi pedagógico; pero a nivel del discurso crítico, se ha evidenciado un vuelco al expresionismo y a la neofiguración.

No descartemos nunca el papel de la técnica del grabado que en los años 80 fue un poderoso mecanismo de comunicación, tanto así, que llegó a convertirse en un estilo de la época.

¿Considera que los artistas pudieron haber resuelto de otras maneras el planteamiento de este proceso independentista?

Creo que, salvo las excepciones mencionadas en esta entrevista, hubo otros que equivocaron el camino haciendo un arte demasiado obvio que no aportó nada a la necesidad de edificar una nueva sensibilidad estética en el país.

Pienso que aún dentro de los mejores artistas que abordaron este tema de colonialismo e independencia, hubo obras que se movieron dentro de lo panfletario; en ese sentido, la frase de Virgilio Guardiola se volvió paradigmática: “Todo mundo tiene guardado un panfletito en su casa”.

En términos generales creo que la necesidad de decir mucho ocultó la necesidad de pintar mejor, el grito proclamador ahogó la riqueza del discurso pictórico; pero insisto, hubo creadores que supieron entender este momento desde la óptica política pero sin olvidar que son artistas y que su deber es hablar desde los códigos del lenguaje artístico.