Existen tres frases que tienen una conexión semiótica con el ser del hondureño, probablemente existan más, pero estas son las que más se han instalado en el imaginario verbal nuestro. Son expresiones que, por alguna razón, conectan con nuestra forma práctica de vivir, con lo incierto de nuestro destino o con una moral tan volátil que se disuelve en cada escándalo público.

El hondureño es un ser de dichos y diretes, para sobrevivir ha construido un lenguaje entre lo taimado y lo cínico, entre abrirse y cerrarse, puede hacer gala de un hedonismo grotesco y, al mismo tiempo, acumular en sus palabras la viscosidad más transparente del dolor y la angustia.

El cuerpo verbal del hondureño es como una coraza que lo protege contra la barbarie, se ha vuelto hábil con la lengua, con ella se bate a duelo contra la desgracia y la incertidumbre.

El hondureño tiene una verbalidad de contrainsurgencia: ataca y se repliega. Casi nunca sabemos cuándo está hablando en serio, los límites entre el lenguaje y la realidad son difusos, este es el único país donde con más frecuencia he escuchado esta expresión: “y qué quisiste decir”.

Aquí hablar es un juego entre la presencia y la ausencia: “Quién anda allí” –preguntamos- “Nadie” –responden del otro lado-, a esta operación verbal Octavio Paz le llamó el ninguneo. Nuestra voz es el producto de un silencio histórico, cuando hablamos es como si soñáramos al revés: hablamos no por lo que vivimos sino por lo que esperamos.

Primera frase: “Nunca se sabe”

Esta frase la escuché por vez primera en un anuncio de Magia Blanca, un cloro que juraba purificar el agua contra la bacteria del cólera.

El protagonista del anuncio fue el maestro “Chelato” Uclés, quien al final del spot decía: “No olvidés lavarte las manos porque ¡nunca se sabe!”.

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A partir de allí, la frase “nunca se sabe” se convirtió en memoria colectiva, en verbo hondureño, en palabra del pueblo, en visión de lo desconocido, en la voz de lo incierto, en enigma y desconcierto frente a lo que puede venir. Aunque esté haciendo sol la gente dice: “Mejor llevo la sombrilla porque como dijo ‘Chelato’, nunca se sabe”; “La cita es a las 10:00 a.m., pero mejor llegá a las 8:00 a.m., porque nunca se sabe”; “¿Irá a ganar la selección hoy? –Pues no sé, nunca se sabe”; “¿Te vas a ir a pie o en bus? –Mejor a pie, en bus me pueden asaltar, nunca se sabe”; “Llevá todos los papeles, nunca se sabe”, “Fijate que yo sí creo en este político –Ummm, no seás confiado, nunca se sabe”.

En fin, la frase del maestro pasó a la historia en un país que “nunca se sabe”. Aquí todo puede suceder. Aquí suceden las cosas más inverosímiles como el hecho de que por un tiempo este fue el único país del mundo donde había un semáforo para que los aviones no chocaran con los autos o, ¿será este el único país del mundo donde en el bicentenario de su independencia los políticos y empresarios ponen en venta su territorio?, la verdad, “nunca se sabe”.

Segunda frase: “Es que aquí así es”

Para dónde nos hacemos, “aquí así es”, nada puede ser distinto, todo se mueve en un modo de ser petrificado, colgado de la historia.

“No pretendás cambiar nada, porque aquí así es”, “No te metás a problemas, porque aquí así es”; “Usted no me devolvió el vuelto –es que no tengo cambio y aquí así es”, “Abogado, yo vine temprano y usted no estaba –tranquilo, no hay prisa, aquí así es”, “Puta vos, me bajaste dos cuadras adelante –pues no se vuelva a subir que aquí así es”, “Disculpe, a estos pastelitos les falta carne, solo tienen papa –es que aquí así es”, “¿Y no es que dijo que el bus llegaba hasta adentro de la aldea? –tranquila señora es que aquí así es”; “¿En ese rótulo dice que abren a las 8:00 a.m. y mire a qué hora está abriendo usted? –no se preocupe señor, igual lo voy a atender, es que aquí así es”.

Nada de lo que digamos puede incidir en la realidad, estamos condenados a repetirnos, somos seres de la “mismidad”, somos siempre aquello que no será por eso “aquí así es”. No hay destino, todo se resuelve en un “aquí”, en un estado de ser coagulado, inerme, somos el país de lo insólito, somos dueños de un conformismo lánguido, bostezante y famélico; aquí nadie debe estremecerse por lo que suceda porque “aquí así es”.

Tercera frase: “Aquí nadie se prestigia ni se desprestigia”

La frase es atribuida a Miguel Navarro, padre. En los años cincuenta observó un escándalo público, un acto de corrupción, y mientras tomaba una cerveza en la “Magnolia” dijo: “la verdad que aquí nadie se prestigia ni se desprestigia”.

Lapidaria frase para indicar que en Honduras a los tres días nadie se acuerda de que el corrupto que aparece en las páginas sociales es el mismo que se robó el billete del Estado y lo desvió a su cuenta personal, es el mismo cabrón que te invita a comer una burrita en las campañas políticas con el mismo pisto que te robó.

Aquí, ser o no ser corrupto da igual. Nuestros valores viven en permanente tabla rasa. Nuestra moral vive en permanente status quo: no conoce ni la altura ni la bajeza. El saco y la corbata lucen igual en la cárcel que en una embajada, en la iglesia o en un burdel, total, “aquí nadie se prestigia ni se desprestigia”.